El invierno es un invento de los vendedores de pieles de la pre-historia para obligarnos a ir forrados hasta las orejas por las mañanas, cuando vamos a trabajar.
Se basa en el acto de producir estos señores la mayor cantidad de frío por las noches, cuando dormimos y estamos indefensos en nuestras calientes camitas, sin saber qué ocurre afuera. De forma que cuando nos despertamos por la mañana, y sacamos un pie de debajo de la manta no queremos ir a trabajar.
Si tenemos la fuerza de voluntad suficiente como para luchar contra este malévolo plan (continuado cada año por los hijos de los antiguos vendedores de pieles, es decir, el Corte Inglés), nos vemos obligados a ponernos bufandas y gorros, y a taparnos lo mas posible.
Esto provoca que seamos incapaces de reconocernos cuando nos cruzamos por la calle, y así no establecemos relaciones sociales.
La segunda parte del plan de estos malvados pensadores refuerza el efecto. Junto a la producción de frío, se da el robo de algunas horas de luz, de forma que sea aún más difícil conocer a los amiguetes por la calle, por el simple y mero hecho de que no les vemos bien a la luz de la farola (ingenioso, ¿eh?).
¿Cual es la consecuencia de este ataque no bacteriológico, pero psicológico?
Obligados a hacer el esfuerzo cada mañana para ir a trabajar, teniendo además que gastarnos el sueldo en abrigos y bufandas, y sabiendo que no disfrutaremos de poder reconocer a nuestros amigos en la calle, nos deprimimos más y más, hasta que nos quedamos sin fuerzas para luchar contra los esbirros del lado oscuro de la fuerza.
En consecuencia, no sólo nos compramos los dichosos abrigos, y las bufandas, y los gorritos, y los guantes, y todo lo que haga falta, sino que encima nos pasamos la vida estimulando a los demás a seguir nuestro ejemplo. Así, nada más llegar a un espacio poblado (por ejemplo, el trabajo, el supermercado, el dentista...), soltamos, así, como para hacernos los graciosos...
- "Puff, vaya frío que hace, ¿eh?". Y sonreímos, porque sonreír es una buena estrategia de marketing, da seguridad.
- "Huy, pues mire usted, no me había dado cuenta. ¡No te jode!" Nos responde el pobre de turno, al que le ha tocado dormir en la calle porque los albergues estaban llenos en invierno.
Ay, no perdón, que a ese seguramente no nos lo vamos a encontrar en el trabajo, ni en el supermercado, ni en el dentista...