Disciplina. Eso decía ella. Que a los niños había que imponernos disciplina.
Y enseñarnos desde muy pronto lo que era la capacidad de sacrificio.
Porque, decía, en la vida hay que saber renunciar a muchas cosas para salir adelante.
Luego llegó él y me enseñó a vivir, a disfrutar de las cosas.
A que los momentos buenos no me hicieran sentir culpable.
Y no tuvieran porqué ser siempre el premio a un trabajo duro y bien hecho.
A veces disfrutar sin más es vivir más realmente, insinuaba.
Y aunque al principio me costó administrarme
(cuando uno ha probado cosas buenas, eso de volver a sacrificarse cuesta mucho),
poco a poco comencé a caminar por la asíntota que tiende al equilibrio.
Aunque aún me parece que hay más sacrificios que los que debería haber.