Desde siempre, me ha atraido el mar.
Y también su opuesto, el cielo, el universo. Pero hoy hablaremos del mar.
Nací en una ciudad costera, y muy pronto nos mudamos al centro del país, lejos del olor a salitre, de las olas, de los barcos y de la playa.
Y lo echo de menos a veces. Mirar al mar. La enorme inmensidad finita del agua salada, hermanada en el horizonte con otro embustero: el cielo, que aunque nos lo quiera hacer creer, nos es de color azul...
De vez en cuando, cuando visito mi ciudad natal, procuro escaparme al menos una mañana para hacer a mi amigo de siempre, una visita fugaz, a solas el mar y yo.
Para permanecer solo así, mirandonos a los ojos. No hace falta más.
