Me caí en las arenas movedizas.
No sabía que hubiera por esta zona de mi vida.
Oí una vez que lo mejor es no moverse, que agitarse significa hundirse más.
Así que me quedé muy quieta, ni siquiera grité (por si alguien andaba cerca y venía a salvarme).
Como en las películas, ví una rama que sobresalía. Traté de agarrarme a ella para salir.
Y no llegué.
Tenía que haber hecho caso a mi madre, de pequeñita; tal vez habría crecido más.
Así que me hundí, paradita, sin protestar.