Tarde de un frío domingo de invierno.
Me he quedado en el sofá viendo "El ladrón de bicicletas", de Vittorio De Sica. Una película en blanco y negro (1948). Una historia sobre personas corrientes, en situaciones comunes en la Italia de después de la Segunda Guerra Mundial.
Me he quedado en el sofá viendo "El ladrón de bicicletas", de Vittorio De Sica. Una película en blanco y negro (1948). Una historia sobre personas corrientes, en situaciones comunes en la Italia de después de la Segunda Guerra Mundial.
Un auténtico drama de llorar a lágrima viva, en el que se siente la injusticia en primera persona. La escena cercana al final, en la que el protagonista, al que han robado su bicicleta (su instrumento de trabajo, con el que mantiene a toda su familia, y que consigue invirtiendo todo lo que posee), se ve atormentado por la palpitante tentación de robarle la bici a otro (después de haber agotado todas las vías posibles para recuperar su propia bici) es sublime.
Lo cierto es que yo habría tratado de robar otra bici mucho antes, en su lugar. A medida que se hubiera ido acumulando la sensación de impotencia por recuperar la mía, y con ella el enfado, y las ganas de "venganza", habría robado. Sintiéndome protegida por esa ley no escrita que moralmente da derecho a robar pan al que tiene hambre.
Será que el personaje es más capaz que yo de pensar en que, robándole la bicicleta a otro, le obliga a encontrarse en la misma situación en la que él se veía hace solo unos momentos.