Los yakoks eran unos seres realmente extraordinarios. Constituían la especia genéticamente mejor desarrollada de su complejo vital, siento por ello la forma de vida más admirada y respetada por el resto de seres de su entorno.
En general, eran casi todos altos, delgados y de complexión fuerte. Estaban recubiertos por una fina mucosa porosa, que segregaba un fluido espeso y verde. Esta característica les evitaba la molestia de eliminar de su organismo los productos de deshecho, pero también les tornaba especialmente vulnerables. Por ello habían desarrollado un ingenioso sistema de protección: una carcasa transparente, de un material muy resistente, que aislaba su cuerpo de las agresiones externas, y que era, por decreto, igual para todos los individuos de la especie. Cada uno se diferenciaba de los demás gracias a un número de identificación, que portaban impreso en el hombro izquierdo.
El concepto de sociedad de los yakoks era muy distinto al que cualquier ser humano haya sido alguna vez capaz de concebir. Sus relaciones se limitaban al intercambio de ocurrencias. Solo se comunicaban si tenían algo nuevo que descubrir a los demás. Dedicaban casi todo su tiempo a pensar, ya fuese acerca del sentido de la vida, o sobre la trascendencia del alma; a veces ideaban nuevos inventos, o exponían extraordinarias teorías sobre la estructura del universo. Poco importaba el tema que desarrollaba la idea, pero debía ser ingeniosa, revolucionaria, algo que nunca antes nadie hubiera expuesto.
Y para evitar repeticiones, cada yakok estaba siempre acompañado de su crelag, un ser perteneciente a una especie considerada inferior, por ser incapaz de idear. Los crelags anotaban cada concepto desarrollado por un yakok, y lo transcribían luego al gran registro de ideas, donde quedaba archivado. Eso sí, ningún yakok tenía derecho a acceder a aquel registro, porque cada cual debía tener sus propias ideas genuinas. Y no se consideraba justo que un yakok pudiera basar sus ocurrencias en las de otros. Cada generación de pensadores debía ser original, única, independiente de las anteriores. No podía ser contaminada ni ayudada por las ideas precedentes.
De esta forma, cada yakok debía ser más ingenioso e inteligente que el anterior. Por eso los yakoks habían desarrollado métodos de estimulación temprana para sus descendientes.
Los yakoks eran concebidos en un laboratorio, a partir de células de la raíz de un cabello de su antecesor. No tenían sexo, de modo que no era necesaria la unión de células de dos individuos para crear otro. Así pues, cada año, todos los yakoks cedían un cabello al servicio de perpetuación de la especie, donde los crelags fabricaban nuevos seres.
Los nuevos yakoks eran al nacer demasiado pequeños e indefensos, y estaban muy poco desarrollados como para ser útiles, y ofrecer sus ideas a la sociedad. Mientras su mucosa se hacía estable, y ellos se desarrollaban física y psíquicamente, se les mantenía encerrados en enormes probetas. Allí permanecían solos, sometidos a continuas sesiones de estimulación del ingenio y supresión de toda idea fantástica o utópica de sus mentes. De este modo se aseguraba que las ideas que los nuevos yakoks tuvieran se ajustaran a la tradición intelectual que durante eras había mantenido su planeta próspero e imperturbable.