Bueno, pues ya está. Estoy escribiendo esto desde mi hotel en pleno Shinagawa, entre edokkos (tokiotas?).
El viaje ha sido ligeramente pesado, pero cargado de anécdotas y risitas para mis adentros.
Salida de Madrid, donde un poco a mi pesar (aunque por iniciativa propia: siempre me meto en unos follones?) me he cargado de botellitas de aceite de oliva para regalar a nuestros clientes japos, para después irlas paseando por ahí?.
Para los curiosos, sí, el aceite es un líquido, y como tal hay que declararlo en toooodos los controles de seguridad que uno va pasando (a mismo tiempo que uno va sacando y mostrando todos los aparatos electrónicos que lleva encima, que en mi caso, eran bastantes).
Paradita técnica en Ámsterdam Schipol (para cambiar de avión), donde el aeropuerto me ha sorprendido. No sólo por lo chulo de la arquitectura (cualquier aeropuerto resulta llamativo comparado con Barajas), sino por esos pequeños detalles y servicios interiores: el casino, el mini-museo, el mini-macdo? Y como la parada en Ámsterdam ha durado un rato más que largo, me ha dado tiempo a hacer de todo. Menos conectarme a Internet: mucho wifi anunciado por todas partes para que uno se haga ilusiones, y luego todo de pago (ayyy, inocente de mí, como que iba a ser gratis?)
Hay que ver que curioso es observar a la gente que se pasea por el aeropuerto: desde los típicos ejecutivos en pleno viaje negocios, con traje, o ya mas relajados, solo de chaqueta, hasta los viajantes que aprovechan al límite las restricciones de equipaje de las líneas aéreas, y van cargados hasta las cejas? Los estudiantes (o solo viajantes) jovencitos, los ?chachi-viajeros? de clase business, con bolso de prada al hombro, los que, cargados con decenas de horas de viaje a las espaldas, se tumban entre asientos y duermen como bebés?
Un juego divertido? Adivine la nacionalidad. A veces resulta extremadamente fácil distinguir un francés, un holandés, un español, un chino, un americano? otras uno se da cuenta de cuánto se equivocó en cuanto abren la boca?
Por cierto, sabían ustedes que la tripulación de los aviones (azafatas, asistentes, pilotos), esos que pasan por la misma puerta de embarque, camino del avión, un buen rato antes que los pasajeros, también atraviesan los controles de seguridad? Y como al resto del ?pueblo llano?, los arcos de detección de metales les pitan, y les hacen quitarse la chaqueta, y les cachean? Y es graciosísimo como luego tienen que volver a ?vestirse?, y se entreayudan para volver a colocarse la corbata, el pañuelito al cuello?
Si que ha dado de sí la paradita en Ámsterdam. Hasta para hacer amigos: charlita con una chica alemana de novio americano, que iba a Tokio también, a visitar a un amigo. Y hasta un chino que se dirigía a Shanghai, que se puesto a ?ligar? con nosotras.
Después, por fin, ha llegado la hora de embarcar en ?ese-pedazo-de-mastodonte-de-avión? (no, no me he quedado con el modelo: sé que era un boeing, pero no sé cual exactamente). De dos pisos. Delante primera, arriba business, y detrás, como dice alguien que conozco, ?misery class? (sí, en esa iba yo? es lo malo de ser joven y no tener dolores de espalda crónicos).
Así que me he asentado en mi ventanita, al lado de dos simpáticas mujercitas japonesas, que, al cabo de unas horillas de vuelo, y al son del video en inglés de KLM, se han puesto a hacer estiramientos y gimnasia anti-síndrome de la clase turista. Que majas ellas. (Que conste que no eran las únicas, hay que ver lo disciplinados y sanetes que son los japoneses para eso: al verlo, no dejaba de pensar en la escena de Héroes, en la que Hiro y sus compis japoneses de la oficina hace gimnasia en la azotea del edificio?)
Y del vuelo, dos recuerdos principales: la ?cabina del pincha?. La zona en la que el ?azafato? correspondiente, iba colocando en los distintos aparatos las cintas y discos de música y películas que emitían durante el vuelo. El segundo recuerdo: las vistas por la ventana del avión. Los molinos eólicos girando abajo, en la costa del territorio alemán. La verde vegetación rusa, entre lagos medio-secos. La helada estepa siberiana, bajo trozos de blancas y espesas nubes. Más y más y más y más mares de nubes. De todas las formas y espesores. El avión pasando sobre ellas, entre ellas?
Viajar contra la noche, que por fin ha apagado el sol allí fuera. Dormir un poco (demasiado poco). Y despertar ya a punto de llegar a Tokio?.
(Más en el siguiente post, que si no esto se hace eterno?)