Aunque uno no lo quiera, y trate de evitarlo a toda costa, luchando por hacer que cada día sea diferente, especial, raro, sorprendente, la rutina acaba instalándose. Qué remedio. Somos animales de costumbres, y acabamos adoptándolas, queramos o no, para simplificar.
No digo que no haya rutinas agradables. Como la de darse ese caprichito dulce al llegar a casa, o la sensación de bienestar después de salir a correr un rato (esa que no tengo desde hace un par de meses
).
Con tanto coche, me había perdido la agradable rutina de los viernes en el autobús, camino de Valladolid, o de León, o de donde fuera. La repetición de caras de los mismos que, una semana sí y otra también, nos subíamos al Alsa de las y media, dispuestos a volver a ver la misma película, a revisitar los mismos paisajes, camino de otro corto fin de semana en casa, como si esta vez el descanso fuera a dar más de sí que un breve día y medio que apenas sabe porque pasa tan fugaz...
Los atascos de entrada y salida de Madrid por operaciones salida, puentes, fines de semana en la sierra, o cualquier otra excusa que uno se quiera inventar (siempre hay alguna razón), me han devuelto esas experiencias en el bus. Soy de la opinión de que un buen atasco se disfruta mejor cuando uno no va al volante, en copa de aire acondicionado y acompañado de una buena siesta reparadora, agazapada en el asiento número 42.
Una llega a destino de otra manera: sin rebozo de sudor, ni tensiones a flor de piel, los insultos a buen recaudo en la bolsa de "porsiacas", y un precioso resto de reguero de saliva que se escapó mientras dormitaba en posturas imposibles. ![]()